Somos instantes

Un año son momentos. Una vida, instantes. Pasear por 365 días y encontrarme tirada en la arena del Sur bajo la luna, con risas y confidencias. Con mucha más vida si cabe que siendo dos niñas, saltando las olas del mar que nos ha visto crecer. Cerrar los ojos y escuchar esa voz entonar melodías que te desarman por completo y te dejan al descubierto, sin máscaras, sin artificios… y añadirle a Vedder calles lisboetas empedradas y tranvías que van directos al cielo.

Desayunar en Donosti, cenar a orillas del Mediterráneo y en el ecuador del día comer un bocata viendo una delicia de concierto de Napoka Iria en Ulía. Tomar el vermouth en el malecón de Zumaia y pasar olímpicamente de los fuegos artificiales desde el Branca mientras la ciudad se paraliza. Los panchitos de los martes y/o jueves. Oír unos acordes desde nuestro «tenderete» del Jazzaldia y salir corriendo pensando «lo que suena es muy grande y no sé lo que es» y descubrir a James Vincent Mcmorrow.

Que «perder» una apuesta sea ver «Los Miserables» en Pamplona por sorpresa. Ir a escalar y entender que la montaña que tanto me cuesta subir simplemente no es mi montaña. Conocer a Martín, a Martina y a Jimena, dar la bienvenida a Nahia y a Leo. Despedir, con lo que cuesta… Bañarnos en el puerto como chiquillos. Echar de menos vuestras risas y las cenas en la terraza y citarnos para un día al azar dentro de muchos años. Bourdeaux o la ciudad donde uno viviría si fuera universitario.

Entender que tu hija mayor ya no es tan pequeña y que tu hija pequeña se está haciendo mayor. Sentir satisfacción y miedo a la vez. Es posible, sí. Y romperte al pensar lo increíble que es la complicidad entre las tres. Magia pura. Canela fina.

Y por fin París

instantes

(Si sólo somos instantes, vivamos la vida en cada suspiro)

Unas escaleras por encima del ático…

escalera

Suena el timbre mientras las niñas ven dibujos animados y yo preparo la cena. Es Isabel. Ha visto luz en casa y ha pasado a saludar y a traernos los mejores tomates del mundo.
– Pasa Isabel, pasa.
– No, que no quiero molestar.
– Tú nunca molestas.
Y sin quererlo ya tiene a una niña agarrada a su pierna mientras la otra le pregunta por Leire, su nieta.
Isabel vive en el ático y derrocha alegría por los cuatro costados. Es la abuela de Leire y Nerea, pero en realidad, es la «abuela de la plaza». Tiene para todos… si hay seis niños tiene seis chocolatinas en el bolso. Si aparece uno más… ya sacará de algún lado una más.
El día que nos enteramos que tenía cáncer fue un mazazo. «Esto es como hacer obras en casa, a nadie le viene nunca bien, nunca es un buen momento pero hay que hacerlas para después estar mejor. Yo voy a pasar una temporada de obras para después estar mejor». Actitud. Los labios siempre pintados y a la calle siempre que pueda… Tan querida…
Estas letras llegan tarde, hace mucho que rondan mi cabeza pero no quise que sonaran a despedida anticipada. Porque Isabel no se quería despedir. Yo sé que cuando traía tomates a casa en el fondo aprovechaba para hacerme compañía y preguntar un simple qué tal tan necesario por esos días. Grandísima suerte la mía…
Como si le escuchara mientras tiendo la ropa en el patio… «¿Cómo están mis niñas?» Ella desde su ventana del ático y mis hijas estirando el cuello desde el primero para darle las buenas noches…
No estás muy lejos, no creas…
Vamos a dejarte subir apenas unas escaleras por encima del ático…