Nos vamos a Berlín, no quiero reproches.

Me miro en el espejo y por primera vez en mucho tiempo no veo marcadas ojeras. Las siestas patrocinadas por la buenabuela han hecho tanto bien como sus guisos a juzgar por lo que marca el peso de casa. Oh my good. Dicen que la felicidad engorda. Y mi bicicleta me hace ojitos desde hace días.

Los pequeños placeres de la vida son los que le dan sentido. Escuchar Amy Winehouse viendo la puesta del sol desde el coche camino al pueblo bonito. Y al instante ver salir del otro lado una luna llena roja y que la rubia mayor  se emocione. Desayunar tostadas de pan de pueblo con revistas de moda fichando ropa bonita para ellas. Ver subir a la rubia pequeña a su olivo y contemplar un horizonte de bosques y buitres. Leer con gusto un buen libro. Pasear al lado del río, hacer un alto en el camino para escuchar el ruido de su caudal y  acabar tirando piedras. Y volver, volver, volver (como reza la canción) con Neil Young y el sol bajo.

Y es que volver no cuesta tanto cuando se tiene un as en la manga. Nos espera un Berlín cultureta y díscolo. Un repaso de historia pero sobre todo un baño de presente, de realidad de una ciudad que ha sabido reinventarse y que, a juicio de muchos de los que me rodean, lo ha hecho realmente bien.

Berlin
Berlin

Ansiosa de callejear por Kreuzberg y Mitte, beber buena cerveza, perderme por mercadillos interminables, conocer los locales de moda de la ciudad y sus innumerables terrazas. Inevitable tener en la cabeza estos días el estribillo de esa canción de El Columpio Asesino.

Te voy a ver bailar toda la noche. Nos vamos a Berlín, no quiero reproches.

 

 

Welcome Spring

Con los brazos abiertos. Así te esperábamos. No sé vosotros pero yo muero por un ratito de sol. Ganas mil de terraza y cerveza con el sol empequeñeciendo nuestros ojos y tostando las mejillas. Ganas de hombros al aire, de camiseta de tirantes, de sandalias, de noches al aire libre y cenas a la luz de la luna. Sí, lo sé, aún falta. Es el Mediterráneo que me llama.

 

hello-spring

Mientras superamos un virus y nos visita otro preparamos las maletas para visitar el pueblo bonito y tirar piedras al río. Las rubias tienen ganas de coger un palo y subir al mirador entre arbustos y piedras. Y yo, si soy sincera, de comida casera rica y de que a las mañanas me digan, «tranquila, duerme un poco más». Me entendéis, lo sé.

Cura de sueño y rubias en vena para hacer un alto en el camino y coger fuerzas que vienen curvas. Nos espera una primavera bonita y movida a juzgar por los proyectos que tenemos entre manos. Nos movemos sin saber muy bien hacia dónde nos llevarán nuestros pasos, pero avanzamos con paso firme y sin mirar atrás. Y en el camino nos rodeamos de gente bonita.

Y mientras esperamos ver salir el sol desde la ventana, nos quedamos perplejos con la vanidad humana viendo «House of cards» y apilamos los libros, que esta vez sí, queremos leer. Entre ellos «Anotaciones circulares» de Iban Petit, con la maravillosa foto de portada de Yosigo.

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¿Viajamos?

Viajar. Escaparse a otro lugar. Hacer las maletas. Prepararse para sacar fotografías que nos permitan recordar. Pero sobre todo, vivir la experiencia. Conocer otras costumbres, callejear, soñar con una terraza y un buen vino. Reír a carcajadas y no querer volver. Y a la vuelta pensar con escapar de nuevo. ¿No os pasa?

Si hay un lugar que evoca tranquilidad ése es Can Bassa, una casa rural con encanto situada en la localidad girondesa de Madremanya. Una masía en un pueblo medieval donde poder perderse y quién sabe si encontrarse. Sus jardines con un buen libro. Las increíbles vistas al Empordá y una decoración de ensueño hacen de este destino un lugar único para desconectar.

Can Bassa

No sé si os pasa, a mí a menudo. Querer escapar de la rutina me hace buscar destinos al azar en www.booking.com, la web de referencia en la búsqueda de alojamientos. Y así encontré Can Bassa. Quizás también porque Girona tiene un lugar especial en mi vida y sobre todo el Alt Empordá. Siempre especiales los días claros, las calles empedradas, los mercados y museos y, sobre todo, su gente. Incluso con Tramontana. Siempre soñando con volver.

Aiguablava

Muy cerca de esta masía nos encontramos con lugares tan paradisíacos como las playas de Aiguablava, una de las más especiales sin duda de la Costa Brava. A tan sólo 10 km se encuentra La Bisbal de l´Empordá, un pueblo para perderse durante horas entre sus tiendas de cerámica, una auténtica perdición. Girona, el increíble pueblo medieval de Begur y el Museo de Dalí en Figueras son otros lugares imprescindibles en esta escapada a Can Bassa.

¿Y tú, con qué destino sueñas? #LivingBookingExperience

Mamma mia

Madres que no llegan a todo. Que trabajan dentro y fuera, desde el alba hasta el anochecer. Madres que cambiaron sus sueños por un mundo de desorden feliz, de caos ordenado, de cuentos que no acaban y lunas que observar. Madres que corren y pierden. El tren, el trabajo, los viajes… Y ganan más de lo que imaginaron nunca. Madres que «concilian», como si eso fuera posible, que sobreviven sin ayuda o con ella, que llevan adelante sus proyectos, que viajan siempre que pueden, que tienen más amigas que nunca, que se unen en la adversidad de una crianza que a veces, sólo a veces, esclaviza.

mamma

Madres que sueñan con una vida en equipo, donde todo se comparte y se reparte. Donde las responsabilidades y el compromiso se asumen con mayúsculas. Madres que ríen y que pintan sus canas. Madres con ojeras y con labios rojos. Madres que se preocupan y se ocupan, que se cuidan, que se miman. Madres que no dejan ni por asomo de ser lo que fueron. Mujeres que suman a su vida la increíble experiencia de la maternidad. Madres que respetan a otras mujeres que no desean ser madres, que no juzgan, que no señalan.

Madres que no tienen tiempo de pintarse las uñas. Que caen rendidas sin pasar por el sofá y que duermen con un ojo abierto controlando a la tropa. Madres que curan catarros con besos. Madres que ya nunca volvieron a dormir como antes. Madres que sueñan con una ducha tranquila, con cinco minutos para ellas, con poder terminar de leer ese libro, con desayunar solas. Madres que se tiran al suelo a jugar. Que se quedan dormidas leyendo cuentos. Que vuelven a ser niñas…

No sé qué sería de mí sin ellas… sólo sé que antes no era ni la mitad de lo que soy. Y se lo debo a ellas. A las rubias, que cada día me ponen a prueba y me hacen superarme a mí misma. Nunca imaginé que ser madre fuera tan cansado ni que aún estando tan cansada fuera feliz.