Un faro en el Atlántico

No hay domingo que no se cuele en mi cama. A calentarse los pies, a reír a carcajadas en cuanto le hago cosquillas. La rubia pequeña. Ella es luz y vida. Y en estos días en los que dan ganas de bajarse de este mundo te reconcilia un poco con él.

El amor turbulento entre Oliveira y La Maga y las caminatas por París en busca del cielo y el infierno. Entre sus líneas me pierdo al sol y a tu vera. Entre dunas kilométricas y mojitos al borde del mar. Cortázar, como lectura de unos días de luna llena y faldas cortas… la miel en los labios, los días largos y tranquilos que nos permiten parar de todo y reencontrarnos.

Otro Faro. En el Atlántico. Entre viento y olor a salitre. Papas arrugadas y cerveza canaria…

Y así comienza y termina un abril de luz. Una primavera de calma y demasiadas ideas en la cabeza, sueños que ojalá en breve se hagan realidad. Hace unos días me perdí una conferencia de Elsa Punset donde hablaba de las «posturas poderosas», esas que nos hacen salir ahí fuera a comernos el mundo y de la importancia que tienen las palabras que nos repetimos a diario…

Rubias, ¿quiénes son las mejores?… ¡Nosotras!

Un poema de Cortázar y un concierto de Pearl Jam.

A los Reyes les he pedido calma para aceptar lo que tenga que venir. Valentía para salir de mi zona de confort. Coraje para perseguir mis sueños. Y salud de la buena para los míos. El resto es accesorio. Excepto viajar…

Sin pedirlo, el 2017 me trajo un paseo por la Alfama entre tejados lisboetas y calles adoquinadas. Volver a Portas de Sol y conocer el Mercado da Ribeira. Pasear por Cascais y descubrir la magia de un faro y un buen arroz con marisco.

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Si pedirlo, el 2017 me regaló un viaje con amigas a la ciudad de Willy Fog. Con risas bajo el Big Ben, enchufes raros y paradas de metro multirraciales y heterogéneas.

Si pedirlo, el 2017 me trajo de nuevo noches estrelladas en mi Sur, baños al amanecer en el Mediterráneo, cervezas bien frías y confidencias con mi gente, y horas de sol y lectura sobre la arena.

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Sin pedirlo, el 2017 me regaló la luz de Cadaqués y el primer rayo de sol al amanecer. Y un mojito pirata en una cala de Tossa.

Sin pedirlo, el 2017 me ha traído muchas horas de arena, muchas horas de amigos, la conciencia de que las rubias se hacen mayores y con ellas… yo. En 2017 he tropezado, he caído, me han levantado, me han demostrado, he cometido errores, me han querido como nunca, he sabido quién está de verdad y quién no, he tenido miedo del de verdad, he temblado como una niña. Así que 2018 te pido calma, valentía, coraje y salud. Bueno, y un poema de Cortázar y un concierto de Pearl Jam.