¿Bailamos?

A 2018 le pedí calma, valentía, coraje y salud. Y así lo acabo. Con la sensación del agua de mi pequeño paraíso murciano en los tobillos y las ganas siempre de volver más pronto que tarde. Con una Girona espléndida que nunca deja de abrigarme. Con Venecia dando calor a un otoño bandido y Verona dando sabor a noches de miel. Con Madrid recordándome que aún sigo viva si cierro los ojos y logro emocionarme de nuevo con la voz de Eddie Vedder y el sonido eterno de Pearl Jam.

Ya no hay año que no tenga curvas y nos vamos acostumbrando a girar el cuerpo para tomarlas bien y no caer del todo. Y llegamos a meta, vaya si llegamos. Pero disfrutando del camino y de quien nos acompaña. De la música de De Pedro, de la energía renovada de mi mexicana preferida y de los Gaylads en esta canción que sabe a trenes de llegada y de salida.

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Vamos a por un 2019 de chicas valientes. London is coming y queda mucho por bailar. Tanto que siento que este viaje acaba de empezar…

Lisboa será sempre seu…

Ni se os ocurra coger un taxi en Lisboa, a no ser que os gusten las emociones fuertes. Quizás porque venía de vivir una de ellas no me apetecía demasiado sentir el asfalto tan cerca de mis dientes. Quizás porque tocar suelo es más difícil cuando has estado dos horas y media acariciando las estrellas…

Eddie Vedder es capaz de hacer que juegues con la luna con su botella de buen vino en la mano y su capacidad de hacerte soñar. Canta «Better man» a tu oído (al oído de 35.000 personas, lo sé) y luego acabas odiando al taxista que te devuelve a la realidad y te lleva a dormir a 120 por hora por una carretera que marca 30. No, animal, no… Vedder respeta los ritmos, las pausas, el tiempo y te lleva a mil mientras casi saboreas su copa de buen vino… Actitud, carisma, bendita locura.

Despertar en Lisboa con los acordes sonando todavía en tu piel y echarse a andar por calles empedradas y fachadas de azulejo. La decadencia lisboeta que tanto encanto tiene… Coger el tranvía para subir al Castelo y no llegar a él… Descubrir que uno podría vivir y morir en un ático de fachada azul cerca de Portas do Sol, con las ventanas abiertas de par en par. Pasear por la Calzada de Santa Luzia y entender al instante que una ya no puede vivir ni morir sin tener cerca a dos rubias de ojos grandes.

Desear una siesta más que nada en el mundo y descubrir que triunfan las ganas de la música y el mojito. Una plaza cualquiera a las 6 de la tarde, césped artificial, palés, un trust sencillo y una carpa negra, música de jazz y un par de Dj,s, niños que bailan y ríen… así es la vida cultural lisboeta más allá del fado.

Curioso, pero Lisboa pierde habitantes año tras año. Quizá la decadencia tiene su encanto sólo para quien mira desde fuera…

Así es Eddie, Lisboa será sempre seu…

la foto

Placeres

Me gusta andar descalza, el sonido de una botella de vino al descorchar, desayunar en la terraza, no madrugar. Me gusta escucharte Vedder, como si lo hicieras (ilusa) sólo para mí. Susurrarte al oído, callejear, perderme, los domingos de vermut sin prisas, las siestas eternas y aunque lo niegue, remolonear y robar cinco, diez, quince minutos más al despertador.

caravana

Me gusta la gente que suma y que multiplica, y tú que me alegras la vida porque sí. Coger el coche y desaparecer a la primera cala de arena y surf de Bidart. Los refugios. Me fascina el sonido de los flashes al disparar. Me gusta leerte y encontrar entre un millón el libro que ando buscando y que después acaso puedo hojear. Robar las horas al reloj, ser traviesa, un punto rebelde y después encogerme de hombros si mi rubia me la organiza rotulador en mano.

hamaca

Me gustan las hamacas atadas a los árboles y ver el sol entrecortado entre las ramas. Con una cerveza fresca en la mano, mejor. Comer bien rico, al aire libre, sí. El atardecer con calor y aire fresco entrando por la ventana. Las puertas abiertas de par en par. Verte cruzar la calle con un café en la mano imaginando adónde irás.