Courage ma belle

Marzo se nos va de las manos como se aleja un tren de madrugada en una estación deshabitada. Se escapa sin poderle poner freno, sin haberlo disfrutado apenas, sin haber visto nacer las flores en los árboles ni un atardecer en el mar. Así se nos va un mes incierto, desafortunado, raro. Ha llegado la primavera sin chiquillos en la calle, sin alborotos ni traspiés. Y quizás, con más horas de sueño profundo, más poesía leída y más canciones escuchadas de lo habitual.

Cuando todo esto pase, que pasará… sé que recordaré a mis hijas felices en bata y pijama haciendo guerras de cojines, y ellas a mí tomando el sol en la terraza a la menor ocasión. A los abuelos manejando las videollamadas con profesionalidad y a mis amigas brindando con una copa de vino por el siguiente viaje juntas. Menos mal que aún guardamos el sabor de un viaje a Lisboa bailando bossa hasta casi el amanecer. Como dice el poeta Miki Naranja «tengo la autoestima por los sueños».

Y sí, nos quedará la sensación de un «te echo de menos«, los conciertos virtuales, los libros en la mesilla releídos y el viejo vinilo sin parar de sonar. Y volveremos a la conquista de las calles, a las terrazas al sol, a pasear por la orilla y a Venecia, por fin. Y, sobre todo, volverán los abrazos. Esos que ocupan el top one en la lista de lo más deseado de estos días largos en casa. Nos abrazaremos sin parar. Por lo menos un siglo más…

Mientras… hoy es siempre todavía. He visto la luna y me he emocionado. Y así, cada día… porque no sé si os habéis dado cuenta, pero aún seguimos vivos.

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Un poema de Cortázar y un concierto de Pearl Jam.

A los Reyes les he pedido calma para aceptar lo que tenga que venir. Valentía para salir de mi zona de confort. Coraje para perseguir mis sueños. Y salud de la buena para los míos. El resto es accesorio. Excepto viajar…

Sin pedirlo, el 2017 me trajo un paseo por la Alfama entre tejados lisboetas y calles adoquinadas. Volver a Portas de Sol y conocer el Mercado da Ribeira. Pasear por Cascais y descubrir la magia de un faro y un buen arroz con marisco.

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Si pedirlo, el 2017 me regaló un viaje con amigas a la ciudad de Willy Fog. Con risas bajo el Big Ben, enchufes raros y paradas de metro multirraciales y heterogéneas.

Si pedirlo, el 2017 me trajo de nuevo noches estrelladas en mi Sur, baños al amanecer en el Mediterráneo, cervezas bien frías y confidencias con mi gente, y horas de sol y lectura sobre la arena.

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Sin pedirlo, el 2017 me regaló la luz de Cadaqués y el primer rayo de sol al amanecer. Y un mojito pirata en una cala de Tossa.

Sin pedirlo, el 2017 me ha traído muchas horas de arena, muchas horas de amigos, la conciencia de que las rubias se hacen mayores y con ellas… yo. En 2017 he tropezado, he caído, me han levantado, me han demostrado, he cometido errores, me han querido como nunca, he sabido quién está de verdad y quién no, he tenido miedo del de verdad, he temblado como una niña. Así que 2018 te pido calma, valentía, coraje y salud. Bueno, y un poema de Cortázar y un concierto de Pearl Jam.

Lisboa será sempre seu…

Ni se os ocurra coger un taxi en Lisboa, a no ser que os gusten las emociones fuertes. Quizás porque venía de vivir una de ellas no me apetecía demasiado sentir el asfalto tan cerca de mis dientes. Quizás porque tocar suelo es más difícil cuando has estado dos horas y media acariciando las estrellas…

Eddie Vedder es capaz de hacer que juegues con la luna con su botella de buen vino en la mano y su capacidad de hacerte soñar. Canta «Better man» a tu oído (al oído de 35.000 personas, lo sé) y luego acabas odiando al taxista que te devuelve a la realidad y te lleva a dormir a 120 por hora por una carretera que marca 30. No, animal, no… Vedder respeta los ritmos, las pausas, el tiempo y te lleva a mil mientras casi saboreas su copa de buen vino… Actitud, carisma, bendita locura.

Despertar en Lisboa con los acordes sonando todavía en tu piel y echarse a andar por calles empedradas y fachadas de azulejo. La decadencia lisboeta que tanto encanto tiene… Coger el tranvía para subir al Castelo y no llegar a él… Descubrir que uno podría vivir y morir en un ático de fachada azul cerca de Portas do Sol, con las ventanas abiertas de par en par. Pasear por la Calzada de Santa Luzia y entender al instante que una ya no puede vivir ni morir sin tener cerca a dos rubias de ojos grandes.

Desear una siesta más que nada en el mundo y descubrir que triunfan las ganas de la música y el mojito. Una plaza cualquiera a las 6 de la tarde, césped artificial, palés, un trust sencillo y una carpa negra, música de jazz y un par de Dj,s, niños que bailan y ríen… así es la vida cultural lisboeta más allá del fado.

Curioso, pero Lisboa pierde habitantes año tras año. Quizá la decadencia tiene su encanto sólo para quien mira desde fuera…

Así es Eddie, Lisboa será sempre seu…

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